Laura L. Mascherano entrevista a Miguel Ángel Maya a propósito de Rebeca B.

Laura L. Mascherano entrevista a Miguel Ángel Maya a propósito de Rebeca B.

EL HOMBRE QUE DECÍA HABER SALVADO A REBECA B MIGUEL ÁNGEL MAYA

Laura L. Mascherano:¿De qué trata El hombre que decía haber salvado a Rebeca B.?

Miguel Ángel Maya: El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. es un libro compuesto por varias historias que giran en cierto modo, al modo de las variaciones barrocas, y de una manera no siempre directa, en torno a Rebeca B.
Rebeca es una trapecista que vivió en un circo que hubo durante años en Saint Simons y a quien le sucedió algo terrible en el Bed & Breakfast de la bahía.
El telón de fondo de todo eso es Saint Simons, una ciudad cuyos habitantes son animalescos y cobardes, y han desarrollado garras o alas y un idioma de onomatopeyas y alaridos y graznidos. Se relacionan entre ellos sin piedad, movidos por intereses muy inmediatos. Son enjutos, mezquinos, de mentes pequeñas, temerosos.
La ciudad está asediada por el óxido y las dunas. Debajo hay una ciudad subterránea que se vertebra en torno a un teatro y a una orquesta en la que la élite de la superficie da rienda suelta a sus perversiones más brutales y descabelladas disfrazándolas de melomanía exquisita. Hay también una guerra larvada entre los indios Seminola de la reserva étnica que hay al norte y los habitantes de Saint Simons. Hay una corte de personajes extraños y contrahechos que van contando su historia frente a las grabadoras de aquellos que se interesan por “lo que pasó”.
Hay una supuesta guerra minúscula, en la que supuestamente los habitantes de Saint Simons combatieron contra un minúsculo ejército compuesto de soldados de no más de un cuarto de centímetro y que vivían en el traje de un náufrago cuyo cuerpo llegó a una de las playas. Hay un clima latente de violencia, de impiedad…
Más o menos de eso se trata.

Laura L. Mascherano: ¿Qué es El hombre que decía haber salvado a Rebeca B.? ¿Es una novela? ¿Es un libro de relatos? ¿Es un híbrido?

Miguel Ángel Maya: No es conscientemente una novela, es decir, no obedece a un plan o a un entramado de espacios y tiempos determinado y preciso, no tiene la estructura planificada de una novela.
Su estructura, más allá de la atmósfera común, tiene que ver con que cada una de las historias están emparentadas entre sí por las tramas secundarias, por detalles o por anécdotas y no por la trama principal, que es lo que vertebra normalmente los capítulos de una novela.
Se trata más bien de un experimento acerca de la posibilidad (o imposibilidad, ya cuando empecé a darle forma no tenía muy claro que fuera a responder afirmativamente a mi duda) de que lleguen a convivir en un mismo libro historias en muchos casos contradictorias pero que se refieren a un mismo hecho brutal del que se derivan todas y al que se remiten para alcanzar su coherencia.
Se trataría de anular conscientemente esa lógica o ese principio de identidad de cada historia o capítulo, romper la baraja de ese principio que dice que las piezas del puzzle que se nos presentan después de un crimen, aunque no encajen, obedecen a un sentido cuya resolución será siempre unívoca.
En ese sentido es un thriller atípico, porque en esta historia lo único inamovible o unívoco es el crimen (a pesar de que apenas se insinúa) y lo que rodea dicho crimen (en eso me recreo bastante de hecho). En cambio, las consecuencias del “crimen” (o de ese suceso que funciona dentro de la estructura como “crimen”) cambian según cada historia, a veces de forma muy leve y otras de forma más evidente. Al romper con ese principio lógico igual hace que el libro pierda fuerza como thriller, pero creo que la gana como libro-que-sigue-sus-propias-reglas, con sus defectos y sus virtudes. Ese experimento de desactivar las consecuencias del crimen a fuerza de enloquecerlo, es decir, de quitarle toda lógica, me ha divertido mucho mientras lo escribía, y quizás, afinándolo un poco más, sea un camino interesante para emprender en el futuro.

Laura L. Mascherano: ¿Cómo nace El hombre que decía haber salvado a Rebeca B.?

Miguel Ángel Maya: Surge de un personaje, Rebeca, en un principio era una trapecista frágil y herida en un circo de Chicago, que protagoniza un cuento que escribí hace varios años y que es la base de la historia que da nombre al libro.
A partir de ahí se me fueron ocurriendo cada vez más historias que sentía que sólo podía ambientar en Saint Simons, una ciudad a la que poco a poco fui dotando de una topografía, de una idiosincrasia, de una historia, etcétera.
Con el tiempo, me fui dando cuenta de que en esas historias iba haciendo referencia de forma inconsciente a hechos que ya habían sucedido en otras o que ya había contado en otras, desde otra perspectiva, muchas veces sin acordarme de que ya lo había contado. Eran historias que sucedían en alguna parte y que no recordaba haber contado pero sobre las que volvía. Ahí me di cuenta de que tenía muchas historias de Saint Simons, de que Saint Simons estaba vivo y de que todas esas historias giraban en torno a una obsesión más profunda que yo tenía más allá del libro: ¿qué había pasado con Rebeca B. después de aquel cuento?

Laura L. Mascherano: En el libro predomina el uso de la primera persona, ¿hay componentes autobiográficos, aunque sea falsamente autobiográfico?

Miguel Ángel Maya: Yo creo que todos los libros, si están escritos con honestidad y no por impostores, son autobiográficos. Pero son autobiográficos como lo es un gesto que hago o mi acento. El acento con el que uno habla, las expresiones que usa, las palabras, etcétera, todo eso es autobiográfico, pero no es “literalmente” autobiográfico. El acento en sí mismo, o una fobia a las arañas, no cuenta nada de forma lógica (de logos) o verbal acerca de tu vida, pero sí lo cuenta indirectamente. Un relato que yo te cuente puede estar completamente alejado de la autobiografía literal, pero el acento con lo que lo cuentas me va a delatar siempre. Claro está, se trata en ese caso de una autobiografía que nada tiene que ver con el logos, con la secuencia lógica de acontecimientos vitales ordenados mediante el lenguaje, sino con la parte de tu biografía más oculta o menos sujeta a las impertinencias del verbo o del verbo sometido a la lógica, de ahí que sea un terreno ideal para edificar una ficción.
Si lo pienso bien, creo que no escribo nada que no sea autobiográfico, en el sentido de que escribo sobre lo que íntimamente me interesa o me inquieta como persona, más allá de que lo escriba o no: las músicas que aparecen en mis libros son las músicas de mi vida; igual que las obsesiones, los miedos, los personajes, las palabras fetiche, los tipos de personas, etcétera… Mi escritura es como yo soy. Escribo como vivo: ahí reside la autobiografía. Otra cosa es que haya vivido en mis carnes, de forma literal, eso que escribo.

Laura L. Mascherano: Al final del libro hay un enigmático (Continuará) ¿Por qué? ¿Va a haber una segunda parte?

Miguel Ángel Maya: No. No va a haber una segunda parte entendida como secuela.
Sin embargo, lo curioso del territorio de la ficción es que sigue su curso más allá del libro. En ese sentido el libro, no este, sino cualquier libro, es un objeto anecdótico, la punta de un iceberg mucho más profundo e importante para el engranaje de la historia que lo que aparece en sus 164 páginas.
Las historias de este libro siempre han estado ahí desde hace mucho tiempo, y ahora, que está a punto de salir como objeto o producto, siguen ahí, como en un mundo paralelo: yo sigo conviviendo con los personajes, a los que no he perdido la pista, como no le perdí la pista a personajes que en su momento me inventé (tuvieran o no el soporte del libro, aparecieran o no en una historia o en un relato).
Hay un personaje que nunca ha aparecido en mis libros pero que va a aparecer de forma inminente: fue un jugador de un deporte que se pretendió inventar un gobierno (de ficción) para tener contentos a unos súbditos muy extraños y díscolos. Bien, creé ese personaje cuando mis personajes eran todavía clics de playmobil, y en 1988 años tenía 18 años, y se llamaba Ivan Lokovickov, y era científico además de deportista. Bien, pues a veces me pregunto qué estará haciendo, y me lo pregunto con la misma fuerza con que me hago esa misma pregunta de gente que he conocido realmente. Tanta insistencia ha tenido su premio: dentro de poco aparecerá en un libro.
Hay personajes que, sin que quede constancia o se vea en un libro, cambian de casa, o tienen hijos, o mueren, o tienen enfermedades, y eso es algo que yo llevo conmigo en la intimidad o en mi vida, como en un mundo paralelo, como en los sueños. A mí me gusta mucho soñar y veo el mundo de los sueños como una vida adjunta a esta, a la consciente. La literatura también tiene algo de eso..
Muchos de los personajes que transitan por estas páginas aparecerán en próximas novelas, y alguna de esas novelas se refieren o se referirán a cosas que han pasado aquí o que han pasado en Saint Simons. Las historias siguen su curso y quizás sigan apareciendo en los próximos libros (si los hubiere). Es como si todavía quedara algo de placenta de todo esto, como si me quedara la sensación de que podía haber hecho más… Veremos a ver qué pasa.

Laura L. Mascherano: ¿Es un libro metafórico? ¿Pretende decir algo? Muchas veces parece que la crueldad latente que hay en todo el libro, la cuestión del poder, la mentira, etc., tan recurrente, responde a una metáfora o a una alegoría de algo más.

Miguel Ángel Maya: Bueno, hay escritores que sí se sientan y escriben en función de un objetivo reducido a una palabra universal, generalmente solemne: voy a escribir sobre el miedo, voy a escribir sobre la cobardía, voy a escribir sobre las mujeres maltratadas, sobre el deseo, sobre los coleópteros del Bajo Pirineo. Yo no. No puedo. Me es imposible. De hecho a mí eso me suena a impostura. Escribo en primer lugar una historia y el germen de esta casi siempre una anécdota, y, como tal, la inmensa mayoría de las veces suele ser ‘grosso modo’ la reacción de un personaje rudimentario ante un hecho rudimentario. Luego ese hecho rudimentario y ese personaje rudimentario van tomando forma y entrando en un contexto más amplio.
Yo no he escrito este libro para tratar el tema de la crueldad, o el poder o la mentira. Me interesa mucho más experimentar con las reacciones de un personaje colectivo, animalesco y cobarde, (o de un personaje individual y frágil, como Rebeca B.) en un contexto de abuso de poder, de crueldad, de mentira, etcétera, y cómo esa mentira, sobre todo la mentira desde el punto de vista del lenguaje frente a los acontecimientos, es capaz de darle la vuelta o camuflar lo que ha pasado en realidad, hasta el punto de lograr que todo un colectivo crea que sucedió otra cosa en función de esa mentira meramente lingüística. Me interesa eso, pero no desde el punto de vista del miedo como eje central, o de la crueldad como eje central, sino como telón de fondo y como condición de posibilidad de unos personajes con sus vidas y sus mundos.
La historia de Ilsa, Victor y Rick en Casablanca es la historia de los tres seres que componen un triángulo amoroso, con todo lo que eso conlleva, como hemos visto miles de veces en el cine, y todo eso sucede en medio de un conflicto inasible, como es la Segunda Guerra Mundial, pero no dejan de ser esos tres pequeños seres reaccionando o sobreponiéndose a eso que les supera: la guerra, o La Guerra, con mayúsculas.
Me preocupa cómo actúa la fragilidad y la indefensión de un personaje concreto frente a un entramado poder. En el caso de Saint Simons me centro en lo que le sucedió a Rebeca B., pero constantemente se hace presente ese entramado de poder en otras circunstancias o con otras “víctimas”.
Me interesan personalmente esos cadáveres que quedan por el camino de las acciones egoístas de quien detenta un entramado de poder para su goce y disfrute o para su simple conveniencia.
Mientras escribía el libro tenía muy presente a Berlusconi, por ejemplo, que es alguien que ha edificado todo un entramado mediático y empresarial con el único objetivo de dar rienda suelta a sus fantasías: creó un emporio televisivo sólo para ver chicas desnudas bailando para él, como hacía en sus fiestas. Bien. Me interesa la perspectiva, no del tipo que juega a dar rienda suelta a sus fantasías y tiene un equipo de fútbol con el que se divierte como quien cambia cromos y varias televisiones donde ve a sus chicas desnudas y un entramado político para defender sus intereses. No me interesa tanto el tipo que “puede” permitirse crear un emporio televisivo sólo para dar rienda suelta a su voyeurismo o sólo para follarse a las chicas que salen en sus canales, el tipo “poderoso” que crea un sistema de poder. Lo que realmente me interesa es la última y más insignificante de esas chicas que una vez fue a una de esas fiestas, cómo encajó ella en ese entramado de poder, cómo vivió una chica de veinte años madre de un hijo de dos estar en una fiesta bunga-bunga junto a Berlusconi y todos aquellos viejos verdes, dejarse magrear para luego recibir un sobre con mil o dos mil euros. Es justamente esa parte del juego, la diferencia abismal entre el tipo poderoso que crea un sistema y el escalón más pequeñito, casi anecdótico, pero a la vez crucial, de ese sistema.

Laura L. Mascherano: ¿Por qué escribir? ¿No está todo dicho? ¿No se publica mucho?

Miguel Ángel Maya: Bueno, la mejor respuesta a esa pregunta la dio Pier Paolo Pasolini en una de sus últimas entrevistas.
Pasolini dijo: ¿El sentido de escribir? Escribir es una actividad absolutamente carente de sentido. Yo escribo desde los siete años y tampoco sé bien por qué lo hacía, por qué necesitaba escribir con siete años, como tampoco sé bien por qué necesito hacerlo ahora.
No sé si está todo dicho en el sentido literario o literal, como tema, como argumento, como género, como historia: el amor, la guerra, la muerte, la novela, el cuento, cada una de esas palabras se refiere a un concepto que hay quien dice que, como concepto o como concepto sujeto a verbalización y argumentación y problematización, ya está agotado para la literatura.
Pero un libro no se sostiene en las palabras (mucho menos una novela) sino en la estructura. Los libros de una misma lengua y una misma época suelen tener en común, probablemente, la mayoría de la totalidad de las palabras que componen dichos libros: probablemente el último libro de Javier Marías y el último libro de Jorge Javier Vázquez contengan un elevadísimo porcentaje de palabras comunes. Algo falla entonces para ser tan distintos con un porcentaje tan parecido de materia prima. Parafraseando a Clinton: ¡es la estructura, estúpido!
Suponiendo que todos los entramados estructurales que se construyan a partir de ahora en todos los libros venideros sean una repetición de un entramado estructural ya existente, cosa que es mucho suponer, ni siquiera así, estaría todo dicho: nunca, a pesar de que las palabras y la estructura sean comunes, se va a agotar un discurso literario si este es lo suficientemente poderoso y original, si este es lo suficientemente robusto, si tiene la personalidad suficiente, y si se aventura más allá de los límites, de los confines, si se adentra en tierras ignotas. El discurso literario no deja de ser un sistema, todo lo contradictorio que se quiera, más o menos pobre, más o menos fallido o exitoso, pero al fin y al cabo es un sistema de pensamiento, lingüístico, estético, autobiográfico, etcétera, que lleva consigo todas las cirunstancias concretas que hay en cada momento en que uno se sienta a escribir. El discurso literario es personal e intransferible en cada individuo que escribe y es como el ADN.
Decir que está todo dicho es lo mismo que decir, en un momento dado de la vida, no va a pasarme nada más, ya lo he hecho todo, todas las acciones y lo he dicho todo. Decir eso es ignorar que mientras uno está vivo le suceden cosas y esas cosas requieren de una acción y requieren de una respuesta aunque sólo sea lingüística o verbal, y esa respuesta pone en funcionamiento todo un mundo, todo un universo. Estaría todo dicho si estuviéramos muertos, pero muertos como especie, si fuéramos proteínas incapaces de verbalizar cualquier cosa, de organizar los acontecimientos, de recordar y recordarnos. Mientras estemos vivos y tengamos un idioma que soporte nuestra visión del mundo tendremos un discurso literario y, por lo tanto, será imposible que esté todo dicho, pues siempre estaremos sujetos a que suceda algo que nos haga reaccionar y, por lo tanto, que nos haga contarlo o contarnos.
Tomemos el tema del amor: manido y agotado novelísticamente si se quiere, sí, pero cuando uno vuelve a enamorarse, su acción y su discurso afronta esa nueva situación con la novedad que dan las propias circunstancias. Yo, por ejemplo, ahora soy unos segundos más viejo que cuando empecé a responder la pregunta, al enamorarme también.
Sí tengo la sensación de que se publica demasiado, pero no la tendría si los discursos literarios que subyacen a la mayoría de publicaciones no me parecieran aburridos o pobres o demasido uniformes. Creo que el problema está en la uniformidad de discursos literarios, que es un síntoma de la uniformidad de pensamiento, etcétera. Me molesta que se publique como me molesta que se le de la voz a Perogrullo en un telediario. Quiero que se de voz a discursos literarios originales. Me da igual si no son perfectos o si están llenos de errores y de incongruencias como las páginas de los libros de Roberto Arlt, pero quiero que un discurso literario me zarandee y me sacuda y me abofetee y me lleve a otra parte. Quiero discursos literarios que me pongan en una encrucijada. Y raras veces los encuentro. Ahora, cuando sucede, me convierto en un tipo feliz.

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