Lara Moreno, Chico Buarque, el pasado, Miguel Ángel Maya y Rebeca B.

Lara Moreno, Chico Buarque, el pasado, Miguel Ángel Maya y Rebeca B.

Milara morenoguel Ángel Maya León. Una chica sube a un taxi. Esa chica pude ser yo en un momento de la infancia. Miguel Ángel Maya. Quizá me di la vuelta al oír aquel silbido que venía de otra década, de varias décadas atrás, el silbido perfecto de la historia. Esto no deja de ser una canción. Allí quedó parado en la acera, con ese rostro lleno de ficciones, a lo mejor patillas largas y pobladas, un aro de metal en una oreja, un abrigo viejo como el cine. Lo del tango es una idea. Miguel Ángel. Una canción desde el alma. Al llegar al siguiente bar, al bar más oscuro del mundo, en la noche más joven del mundo y con los corazones más jóvenes irreparablemente jóvenes, volví a encontrarlo, sentado a una mesa redonda, de mármol, silbando todo el jazz, bebiendo el ron que nunca debimos haber bebido. Era un ron para la nostalgia. No la nostalgia de entonces, sino la de ahora, la que nunca imaginamos que nos alcanzaría nos arrastraría. Esto no es una historia de amor. Es algo más profundo que eso: Chico Buarque tiene puestos los anteojos que dejé sobre un cuaderno con su rostro iluminando el cuarto algo entrando en la mañana. Hay algo más allá de la ficción, más allá de la realidad, no sé si esto se entiende: cuando Miguel Ángel Maya León cuenta una historia hay un lugar que se abre muy atrás en el cerebro quizá más abajo un pulcro agujero en el músculo coronario seguramente dentro muy dentro de las tripas, que quedará para siempre como hueco de bala conmovido embellecido en parte destruido por la literatura por la fabulación por esa forma de traer lo imposible a lo posible por esa manera de reinventar el pasado esa capacidad para enamorarse en un segundo del detalle más estrictamente delicado el vuelo de la falda el golpe terco en el ala del sombrero el terror del falso beso de despedida algunos pájaros al fondo la música. Miguel Ángel. Titiritero, funambulista, francotirador. Tengo miedo de salvar a Rebeca B. miedo de no poder olvidarla nunca.

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